"El que corre muy aprisa nunca llega" -
Viejos Ratones del Tiempo
Invisible (1974)
Será por una crianza tradicional, sin grandes saltos ni contenido rebelde de mi familia, o porque mi proceso de gustos suele ser lento y espaciado, pero en general me han costado las tendencias de moda del momento en música o humor de mi época. Lo mismo pensándome de más chico, fuese contenido más adulto o no, sobre todo multimedia. Mi gusto no es ni mejor ni peor: es mío.
Pero a medida que la adolescencia fue creciendo, intenté descubrir "lo nuevo", lo que venía. No por figuretti, sino porque me importaba -e importa- sentir mi época, saber de qué trataba y trata, qué estaba pasando. Insisto: no significaba ir detrás de la primera cosa que llamara la atención (no fui flogguer, por ejemplo) o fueran del gusto mayoritario. Había (hay) un criterio.
Ese criterio hizo que lo que sonaba en su momento no me gustara. Y, de lo poco que me gustaba, nada sobrevivió al día de hoy. Nunca es tarde para llegar a ningún lado pero dada la edad que tengo (32) empiezo a ocupar un lugar de incomodidad o invasión a donde voy. Los míos ya no consumen: organizan.
Aun así, la curiosidad no cesa: hay un hambre independiente de saber hacia dónde se dirige el mundo. Y nunca deja de estar bueno ver en y por dónde se originan ciertas movidas -más si son piolas, si buscan algo genuino (¡así sea nomás divertirse!). Lo que noto en estos casos -siendo alguien que busca y trabaja con artistas nuevos- es que nunca estoy donde se supone que tengo que estar, ni allí donde las cosas están pasando. Y que, una vez que llego, siempre es meses o años tarde, donde las primeras camadas de fans e incluso protagonistas ya pasaron, dificultando el hallazgo del espíritu original de la movida -y ni hablar de llegar a los protagonistas sin que estos sospechen de ser vos un chupasangre. Nunca estar en el origen, en la semilla. No se puede estar en todos los inicios en simultáneo, es evidente. Ahora, en UNO, una vez, no estaría mal.
Hace no tanto anduve por una jam medio cheta en Palermo. No suelo frecuentarlas por un tema de plata, y porque no soy tan bueno para subir a tocar. Pero sí noté entre los asistentes un aire..., ¿cómo decirlo? Pongámoslo así: hay veces en Twitter donde cruzo tendencias o 'problemas' que no entiendo, ni me tocan (¿debería/n?), y yendo a este lugar me cayeron varias fichas. Para quienes no curten esa red social demoníaca: una de las razones por las que no estoy ahí donde la posta explota es porque no pertenezco al nivel socioeconómico de dicha gente. El habitus, diría alguien. Tan pavo y obvio como eso.
Por supuesto que no descubro la pólvora. Por supuesto que no ignoro que las tendencias mediáticas relacionadas al gusto nacen del capricho y poder burgués (si no nos ponemos conspiranoicos) que luego, eventualmente, irá penetrando sutilmente en las capas de la sociedad. Pero de allí no nacieron ni la cumbia villera, ni el trap o las batallas de gallo. No fue el caso de los Redondos, tampoco. Ni el de bandas del interior como Bándalos Chinos, o Usted Señálemelo (mendocinos), antes de venir a afirmar presencia en Buenos Aires, aduana geopolítica donde, de no pisar, no se existe a nivel nacional.
David Byrne, principal compositor y cantante de los Talking Heads, en su libro 'Cómo funcional la Música' (Editorial Sexto Piso, 2014), cuenta que para crear una movida se necesitan, al menos, un lugar para llevarla adelante, y algo que decir. ¿Lugares? Sobran. Ahora, no sé cuántas ganas hay de decir algo. Lo que sea que se considere nuevo ya habrá tenido un antecedente no-estudiado en un pasado cercano (cuyas críticas volverán a repetirse). Logrará hacer escuchar su mensaje quien pueda pagar la publicidad correspondiente o implementar la perfecta estrategia comunicacional marketinera, o el padrinazgo, o el aguante de la 'banda de amigos' que lo banque en todas hasta que su crecimiento se torne natural y automático. O bien quien sepa leer la época tan bien como para darle al público exactamente lo que busca. Para eso hay que tener mucho olfato, o mucho conocimiento -y ninguna es gratis.
Por último, la pregunta del millón es si se desea que eso 'nuevo' a decir -llamémoslo 'genuino'- sea popularizado o encuentre un eco. La audiencia de años, que está de vuelta, está claro que no, que sólo le interesa quejarse para tener razón. No obstante, las movidas están para compartirse y hay un extenso planeta para divulgarlas. Las ideas que van a contracorriente del mainstream estipulado suelen tener un mismo público al margen, mucho más lumpen y difícil de encontrar, pero muchísimo más interesante con el que intercambiar opiniones y sentires. Aunque nada de esto importa si finalmente se cederá a las presiones del mercado o las demandas de la audiencia, por necesidad real o por contagio (tener que comer es otra cosa, injuzgable). En consecuencia, la única que nos queda a los hijos de Dios que nunca seremos parte de esa burguesía cultural es apostar a estrategias de contacto los más reales, fieles y eficientes posible, captar al público honesto de la manera más concreta y personal, embolsarlos antes de que la burbuja explote a fin de dejarles un rastro en la memoria, una llamada de atención excitante, y siempre pero siempre intentar mantener la calidad lo más alta posible, sin importar lo que ocurra. A lo sumo, si los gustos van cambiando o evolucionando en un proceso orgánico producto de la paciencia, de la maceración de la inteligencia, imponderablemente significará, asimismo, otro paso adelante.
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