lunes, 15 de junio de 2026

Todo un Palo

    Supongo que fuimos porque no quedaba otra. Ya cada uno contaba con su plata (poca, en mi caso) y en un punto sospechábamos, como todos, que el Indio estaba dando sus últimos recitales, sino el último -algo que finalmente ocurrió, pero no porque él lo hubiese deseado. Una enfermedad de mierda y un triste antecedente en el marco de un desprecio desde la alta política pactarían una forma de condena.
    Nos gustaban los Redondos, pero por cuestiones de edad nunca los habíamos llegado a ver en vivo. Tampoco podíamos mandarnos por nuestra cuenta a recitales solistas, no teníamos todo el cash que se necesita para abonar el total de lo necesario ni conocíamos a nadie tan manija como para segundearnos. 
    En aquella ocasión nos terminó acompañando papá, que también quería ver, y también le gustaban los Redondos al mismo nivel que nosotros. La premisa fue: "nosotros compramos y aseguramos la entrada; vos, si podés, pasás" -cosa que finalmente ocurrió. Seré breve: esperamos 4 horas y media en un campo semi-húmedo producto de una lluvia media del día anterior que no secó. 
    Pasada media hora de la hora oficial de inicio, el Indio arremetió con una inesperada 'Barbazul vs. el Amor Letal'. Yo no conocía tanto sus canciones solistas, que abundaron, con lo que no disfruté todo lo que me hubiese gustado. A eso se sumó que, para el cuarto tema, tanto a mí como a mi hermano -me enteré después- nos habían robado el celu (Una reclamo popular decía que "lo peor de los Redondos era su público": el otro día, en el velorio, un tipo amagó robarle el teléfono a otro. Los presentes lo siguieron, lo obligaron a devolvérselo y pedir disculpas. Quienes disfrutan de los Redondos no van a robar, aunque sí hay gente que roba a la que, además, le entusiasma Patricio Rey). Consumado aquel hecho, cambiar el chip fue vital si no quería terminar por no disfrutar un carajo. No me iba a comer semejante viaje al pedo.
    Lo realmente engorroso fue cuando el Indio tuvo que detener él mismo el show, tal era el quilombo debajo del escenario. Yo habré estado a unos 30/40 mts. del escenario (y no en la parte central porque hubiera muerto) y era embarazoso ver cómo el mismo artista cagaba a pedos a un par de desubicados. 20 minutos así, posta. 
    Recuerdo con disfrute 'Esa Estrella era mi Lujo' y 'Flight 956'. Pero lo que me interesa es el final, lo que todos estábamos esperando: cuando se avecinó el pogo más grande del mundo, me doy cuenta que no hay ronda alrededor mío como para ir a saltar. Me quería morir: no, no podía ser, no podía ocurrir que la única p*ta vez que se me ocurre venir a ver al Indio no voy a ser parte del pogo de 'Jijiji'. Llegué a ver un meollo, pequeño, donde se podía ir al choque, y arremetí. Poco, pero algo. Y al momento en que, por la inercia del salto, quedo de espaldas a los chispazos y de cara a la muchedumbre, me doy cuenta. Lo veo: quedarse afuera hubiese sido imposible, porque todo era pogo. Los que saltaban en grupo, solos, chocándose entre 2, nomás, todo era parte de un mismo pogo inmenso, y no sólo de quienes vamos a chocar cabezas con desconocidos.

    Es hermoso ser parte de una comunidad. Y nada fácil. Pero sentirse en un todo absoluto, aunque sea momentáneamente, es un gran regalo. Después vemos cómo mejorar las partes (no supimos nada de los muertos hasta la vuelta) pero a la ausencia de prejuicios en pos del goce y el disfrute bajo el ala de la música es difícil siquiera de pensarle un reemplazante. ¿Qué otros eventos, en forma masiva, reúne semejante cantidad de gente e intenciones de forma transversal? ¿'All you Need is Love', con la llegada a la Luna? ¿La entrada a la plaza de La Habana? ¿La Revolución -cuándo no- de Octubre del '17? 
    No afirmo que comunidad sea revolución, pero sí es un elemento fundamental para la sublimación colectiva.
    Es una tristeza infinita la pérdida del Indio. Sin ser fan a morir -amando a los Redondos, eh- siempre era una voz que merecía ser escuchada, leída. Musical y filosóficamente, sobre todo. Me gusta estar en desacuerdo con mucha gente que admiro, y con Solari tenía más de una diferencia, pero no se le puede dar la espalda jamás a alguien que escribió 'Juguetes Perdidos'. Sin contar lo más importante: la ida física de un ídolo de masas, de los que ya no quedan. Alguien esencial para comprender la transversalidad de la masa societaria argentina desde adentro y afuera. No sé si alguna vez el bravo muchachito quiso ser erigido a la altura de una leyenda, no lo creo. Pero pasó, su obra lo superó, y la dejó como regalo para que la disfrutemos junto con la post-procesión que hagamos con ella en nuestra vida. Como dijo él, "ahora y para siempre en tus manos, nene".